Hacer el camino del Rocío, supone averiguar de verdad lo que es el polvo del camino, hay mucho y con mucha humedad y se te queda el cuerpo lleno de un lodo que se te mete por los poros de la piel y te sabe la boca a barro, a eso hay que sumar el esfuerzo de la peregrinación, de tirar de las caballerías y de las carretas, de llevar a niños en brazos y socorrer a los que se quedan atrás, de dormir incluso a la intemperie.

Pero en el Rocío hay otros polvos, estos ya en la aldea, los de placeres paganos, polvos de maquillaje en todas las caras de las mujeres que no se mueven de la aldea, polvos alineados en espejos con tarjetas de crédito, verdaderos lodazales de la juerga rociera, viejos que se meten en todas las fiestas que pueden para ligar con jovencitas hartas de rebujitos y ojos casi fuera de las órbitas, bailando por inercia y dando palmas porque el ritmo te lo contagia la bulla general, polvos en casas de gente «bien» con criados vestidos a la antigua usanza incluída la cofia.

Dos caras del polvo, dos caras del Rocío.